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Leyenda Huacachina

La laguna de Huacachina es un oasis natural a cinco kilómetros de la ciudad de Ica a cuyas aguas se le atribuye un poder curativo que se conoce desde mediados del siglo XIX.

Huacachina es un nombre que está relacionado huacca (que en quechua significa llorar) y la expresión china (mujer), es decir, mujer que llora.

Cuenta la leyenda que habitó por esa zona una hermosa doncella, de pardas pupilas, cabellera negra como el negro azabache; doncella de curvas y sensuales contornos, como las vasijas del Sol en el Coricancha de los Incas, llamabase Huaccachina.

Cerca en las alturas, vivía un apuesto mozo de mirada dura y fiera en combate, pero de mirada dulce y suave en la paz del hogar, Ajall Kriña.
El enamoróse perdidamente de las formas blandas y pulidas de Huaccachina, la de las eternas lágrimas, llamada así porque desde que sus ojos se abrieron a la vida, no hicieron sino llorar; esta no tardó en corresponder el cariño hondo, fervoroso e intenso del feliz varón.
Todas las mañanas y todas las tardes, Huaccachina, cuyas lágrimas parecían haberse secado para siempre, entregaba a Ajall Kriña, las preferencias de su corazón, las joyas de su ternura, los incendios de su alma pura y sencilla.

Pero la felicidad que siempre se sueña eterna, voló de pronto como el viento furtivo que se escurre entre las hojas de los árboles. Por Orden del Cuzco, se disponía que todos los mozos se aprestaran a salir inmediatamente, para combatir una sublevación de lejano pueblo belicoso. Ajall Kriña, con el alma destrozada, se despidió de su ñusta hechicera. Ella le juró amor, fidelidad, cariño y él, feliz porque sabía que ella lo esperaría, marchó con otros de su pueblo a develar la rebelión, a sofocar el movimiento sacrílego contra el Dios-Inca.

Pasado algún tiempo la hermosa doncella recibió la fatídica noticia, Ajall Kriña, con heridas terribles, muere en el combate después de haber luchado como un león.

La bella princesa de los ojos hechiceros, desesperada por tanto dolor huye al amparo de las sombras, entre los cerros y los cuchillos de arena, hasta caer postrada, abatida, jadeante, sudorosa, con el llanto desbordándose del manantial inagotable de sus ojos. Estos al caer en las arenas dieron origen a la hermosa laguna amurallada por las arenas.
Se cuenta que en las noches de luna, cuando las sombras y el silencio dominan el oasis, sale la princesa, cubierta con el manto de su cabellera que ondea en su cuerpo; para seguir llorando la ausencia del ser amado, mientras los viejos algarrobos extienden sus ramas para pedir a los cielos, piedad y consuelo, destinados a la princesa de la dicha rota, del ensueño deshecho, del paraíso trunco.

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